TIEMPO SOLAR Y TIEMPO POLAR (fin)
FRANCISCO ARIZA

Se sabe desde hace ya unas décadas que el centro de la Vía Láctea es un “agujero negro” que, pese a la enorme distancia que hay entre éste y el sistema solar11, sin embargo su campo gravitacional es tan poderoso que los efectos de esa alineación deben dejarse sentir en todo el planeta y, como decimos, a distintos niveles. Hemos de recordar y hacer hincapié en que, debido a las leyes de las analogías y las correspondencias todos los planos de la manifestación están interrelacionados entre sí. De esta manera, los desequilibrios en el mundo del hombre (que incluye a la Tierra y su medio natural) expresan otros de un orden más sutil, invisible, que afectan al Alma del Mundo, obra del Demiurgo, que siendo manifestada, es decir sometida a la dualidad, también “sufre” periódicamente desarreglos en el funcionamiento de su armonía, la cual debe ser nuevamente “ajustada”, es decir concordada como diría Platón, al Modelo Original, Arquetípico, gracias a las distintas manifestaciones “históricas” del Espíritu, lo que en la tradición hindú se denomina el “descenso” de los Avataras de Visnú, el dios conservador. Tras los grandes cambios cíclicos siempre aparece, de una u otra manera, una humanidad regenerada acorde con “una nueva tierra y un nuevo cielo”.

El alineamiento de que estamos hablando es en realidad una conjunción de factores astronómicos y cíclicos que se producen para expresar estados del Ser universal que se expresan en la individualidad humana, pues como decía Séneca refiriéndose a los sacerdotes y augures etruscos, estos afirmaban que las nubes no colisionan para que los rayos, o los relámpagos, sean emitidos sin más, sino que:

las nubes chocan para que se produzcan los rayos; pues como todo lo vinculan a la divinidad, son de la opinión que los hechos no tienen un significado cuando se producen, sino que tienen lugar porque deben transmitir un significado.

Es decir que en todo fenómeno natural hay un mensaje implícito que hay que saber interpretar simbólicamente, sobre todo cuando esos fenómenos tienen un carácter y una trascendencia innegable, es decir cuando a través de él un numen o un dios quiere manifestarse en el ámbito cósmico y humano. Y ya sabemos que el Tiempo mismo es un dios, un dios cósmico, cuyos rostros y manifestaciones se expresan a través de los distintos ciclos, desde el más pequeño (los días, los meses, los años), hasta los más grandes (los siglos, los yugas, los “Grandes Años”, los Manvántaras, los Kalpas).

Ese alineamiento o conjunción de que estamos hablando tiene lugar en el momento en que la eclíptica sobre la que se mueve el Sol y el Zodíaco se cruza con el Ecuador de la Vía Láctea (fig. 16), de tal manera que podríamos hablar de una Precesión de los Equinoccios a nivel cósmico.


Entrecruzamiento del ecuador galáctico y la eclíptica (cada 13.000 años).

Fig. 16. Entrecruzamiento del ecuador galáctico y la eclíptica, fenómeno
que se produce cada 13.000 años, o mitad de la Precesión de los Equinoccios.
(Imagen: xochipilli.wordpress.com).

Para nosotros, lejos de acreditar en todas esas “falsas profecías”, y “falsos profetas”, que tanto pululan en nuestros días hablando de “fechas concretas” para una catástrofe inminente, ignorando así lo que dicen los Evangelios al respecto, es decir de que esto sólo el Padre lo sabe, este fenómeno en concreto, decimos, es sin embargo un “signo” o una “señal” más de nuestro tiempo entre tantas otras. Lo que sí es cierto y está corroborado por todos los datos cíclicos tradicionales es que nos encontramos al final de un gran ciclo, que coincide con el final del quinto “Gran Año”, y los signos y señales de que hablamos muestran la concordancia con este hecho, que también coincide con el final de una “cuenta larga” en la cosmogonía maya, que coincidió con el solsticio de invierno de 2012, fecha del cruce entre el ecuador de la Vía Láctea y la eclíptica solar y zodiacal.

Algunos consideran, no sin razón, que esa gran cruz está representada por el quincunce precolombino (fig. 17), que es uno de los símbolos del Sol, de Venus y de Quetzalcóatl (las dos manos que en forma de eje horizontal pasan por el medio de la cruz pertenecen a Quetzalcóatl). El quincunce deriva así de una realidad astronómica, expresada también por los

cinco años venusinos al cabo de los cuales tiene lugar la conjunción superior del planeta con el sol.12

Quincunce maya.

Fig. 17. Quincunce maya.

Antes hemos mencionado los “Cinco Grandes Años” como parte esencial de la doctrina de los ciclos. Pues bien, si los relacionamos con los cataclismos cósmicos vinculados al fin de cada “Gran Año” podemos ver su perfecta correspondencia con los “Cincos soles”, con los que el quincunce antes mencionado está igualmente vinculado, pues cada una de las “regiones” que determinan las cuatro aspas se consideran el período de manifestación de uno de esos “soles”, más aquel que se corresponde con el centro, que es también una “región”, la del “Quinto Sol”, que tiene como símbolo el glifo ollin (movimiento) emparentado con el quincunce (figs. 18-19).


glifos mayas "ollin" (movimiento).

Fig. 18. Distintos signos ollin, o movimiento.


El “Quinto Sol” y el signo ollin en el centro del calendario azteca.

Fig. 19. El “Quinto Sol” y el signo ollin en el centro del calendario azteca.

Federico González nos recuerda que existen varias versiones sobre el simbolismo de los “Grandes Soles”, pero que

Según una versión muy conocida de los aztecas, todos los soles, ciclos, o eras terminan siempre en grandes cataclismos, originados por Quetzalcóatl o Tezcatlipoca, dioses enemigos cuyos combates determinan la historia del universo. (Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos).

Al igual que cada uno de los “Grandes Años”, los “cinco soles” se corresponden con un elemento determinado: sol de agua, sol de tierra, sol de fuego, sol de viento (o aire), y el quinto “el sol de movimiento” (Ollintonatiuh), el que como decimos está en la “región del centro”, en el lugar que se corresponde con el corazón, puesto que ollin tiene una etimología que lo emparenta con yóllotl, el corazón.

Es interesante en este sentido recordar lo que dijimos al principio de que el primer movimiento viene dado por el ritmo como emanación primera del batir del corazón del mundo, también expresado por el hálito vital. Las palabras movimiento, corazón y alma (o ánima) tienen en la cosmovisión mesoamericana una misma etimología, manifestando así una unidad en los conceptos que da cohesión al discurso cósmico, encuadrado por los “cuatro rumbos del mundo”, en una permanente tensión que sólo se armoniza y equilibra en el centro.


La Serpiente Emplumada como aro en el juego de pelota.

Fig. 20. La Serpiente Emplumada como aro en el juego de pelota. Chichen-Itzá.

El dios que preside el último ciclo, el del “quinto Sol”, es Quetzalcóatl (la “serpiente emplumada”, fig. 20), entidad divina que en nuestra Tradición occidental toma el nombre de Hermes y de Mercurio (fig. 21), y que entre sus atributos principales


Caduceo de Mercurio.

Fig. 21. Caduceo de Mercurio.

tiene las alas y las serpientes enroscadas en torno del caduceo, lo cual encaja muy bien con el tema que estamos tratando, pues esas dos serpientes entrelazadas evocan desde luego el “movimiento helicoidal” en torno al eje del mundo, como podemos apreciar también en este grabado chino donde aparece el emperador Fo-Hi y su consorte Niu-Kua (fig. 22).


Niu-Kua y Fo-Hi.

Fig. 22. Niu-Kua y Fo-Hi.
(Imagen: asabovesobelow108.wordpress.com)

También encontramos una identidad con el Thot egipcio, representado precisamente por un ave: el Ibis. Es innegable que estos dioses, y sus equivalentes en todas las culturas antiguas, han tenido un protagonismo importante en cuanto que han sido, en esta última Edad, y como intérpretes de los dioses más altos, los portadores de la civilización y el conocimiento de la Cosmogonía.

Los “cinco soles” se denominan la “cuenta larga”, que está obviamente relacionada con los 26.000 años de la Precesión de los Equinoccios, que divide al círculo de la precesión equinoccial en cinco partes de 5200 años cada una (5200 x 5 = 26.000).

Pero la “cuenta larga” de los “cinco soles” también se relaciona, y podríamos decir que especialmente, con los 65.000 años del Manvántara (y también con otros ciclos más amplios), o lo que es lo mismo: con los “Grandes Años” o períodos de 13.000 años cada uno.

Según afirma Federico González, el ciclo de 26.000 años era la “clave” del calendario ritual de 260 días (cifra submúltiplo de 26.000) entre los aztecas, el llamado tonalámatl, que se corresponde exactamente con el tzolkin maya. Este calendario estaba ajustado con los ciclos de Venus, del Sol, las Pléyades, la Polar y la Vía Láctea, que entre los aztecas era llamada la “Serpiente de Nubes”, Mixcóatl, que era también una deidad guerrera, vinculada al importante dios Tezcatlipoca, identificado con la constelación de la Osa Mayor.

Federico González, recordando el mito de Tezcatlipoca (Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos), recoge las siguientes palabras de Walter Krickeberg en Las Antiguas Culturas Mexicanas:

El dios Tezcatlipoca se transformó en el dios Mixcóatl y creó el primer fuego con ayuda del taladro en forma de molinillo, porque Mixcóatl reside en el polo celeste, alrededor del cual gira el firmamento entero como el palo en el orificio de la tabla por taladrar al hacer el fuego.

Hay aquí varias ideas muy interesantes que se incardinan con nuestro discurso acerca del movimiento precesional, del que se derivan los distintos ciclos que ordenan el devenir del movimiento de la Historia. En primer lugar, la palabra “molinillo”, o molino, ha sido muy empleada en numerosos pueblos de todos los lugares de la Tierra, y ya en el siglo II d.C. el astrónomo griego Cleómedes en su libro El Movimiento circular de los cuerpos celestes señala que: “Los cielos giran igual que la piedra del molino”.

Ese “taladro en forma de molinillo” es la “clavija”, o eje, que se pone en el “ojo del domo” u orificio, que no es otro que la Estrella Polar, en torno a la cual gira el firmamento entero.13 El fuego al que se refiere el texto viene dado por el movimiento circular de los cielos impulsados por el eje-taladro. Ese fuego sutil es un gran círculo que va del Polo Norte de la esfera celeste hasta el Polo Sur. Es un fuego que anima y envuelve al Cosmos entero, a la totalidad de la manifestación, y al que se refiere el Rig-Veda con estas palabras:

 ¡Agni!, al igual que la llanta a los radios, así tú rodeas a los dioses.

No resulta difícil identificar ese fuego sutilísimo, que también es luz intangible, con los círculos o esferas descritas por el geógrafo y astrónomo Claudio Ptolomeo en los primeros siglos de nuestra era, donde aparecen las jerarquías planetarias, el mundo de las estrellas fijas (el Octavo cielo y el Zodíaco), el Cielo cristalino (Noveno cielo), el Primum Mobile (el Décimo cielo, el Polo) y el Empíreo (la morada del Dios Desconocido), y del que derivarían las jerarquías angélicas, zodiacales y planetarias de los filósofos neoplatónicos y hermetistas de todas las épocas, entre ellos los cabalistas-cristianos del Renacimiento (como Robert Fludd, fig. 23), quienes hicieron corresponder esas jerarquías planetarias y angélicas con las sefiroth o esferas del Árbol de la Vida. (Ver lo que hemos dicho a este respecto en la nota 3).


Dios y potestades angélicas. Robert Fludd. Utriusque Cosmi Historia.

Fig. 23. Robert Fludd. Utriusque Cosmi Historia.
(Imagen: diccionariodesimbolos.com).

En la tradición hindú se habla del simbolismo del “Batido del Océano de Leche” Amritamanthana, en clara alusión a la Vía Láctea, y también al “alimento de inmortalidad”, que es propiamente la Amrita, es decir el Conocimiento. Esto nos hace recordar que la Vía Láctea es también llamada entre los alquimistas el Camino de Santiago, que recordemos es un símbolo del peregrinar iniciático hacia el “centro del mundo”, que es también el “eje del mundo”.14

Por eso mismo, ese “batido” que agita y pone en movimiento los distintos planos del mundo, actualizándolos, se realiza a través de ese “eje-taladro”, pivote o poste sagrado que conecta el polo norte celeste y el polo sur celeste, y que es en realidad el Árbol del Mundo, o la montaña axial, que en el caso del hinduismo no es otro que el monte Meru (fig. 24).


Batido del Océano de Leche por los Devas y los Asura.

Fig. 24. Batido del Océano de Leche por los Devas (izquierda) y los Asura (derecha).
El avatara de Visnú Kurma (la tortuga) aparece sumergido sosteniendo el Meru, la montaña axial. (Imagen: es.wikipedia.org)

Ese movimiento es engendrado por la serpiente Naga que se enrosca en torno al monte axial y que es “tirada” de sus dos extremos por los Devas (los dioses luminosos) y los Asuras (los titanes o demonios), las dos potencias del Plano Intermediario que determinan con sus “tensiones” y “luchas” los destinos del Universo y de los seres que lo pueblan. Fijémonos cómo esas tensiones están simbolizadas por las direcciones que toman los dos extremos de la serpiente cósmica, semejando los movimientos de la doble espiral alrededor del Eje central.

Esta misma idea está presente en Egipto como podemos observar en la siguiente imagen (fig. 25) donde aparece el dios Seth (o Tifón, que simboliza las tinieblas, el lado oscuro de la Creación) y Horus, el dios halcón de la luz, hijo de Osiris e Isis.


Seth y Horus.

Fig. 25. Seth y Horus.
(Imagen: joanlansberry.com).

Asimismo entre los mayas encontramos esta otra imagen perteneciente al Códice de Madrid, o Tro-cortesiano (fig. 26), donde podemos apreciar a cuatro deidades a modo de los puntos cardinales sosteniendo en sus manos una cuerda, o serpiente, por la que discurre el sol, representado con dos de sus símbolos: a la izquierda, y ascendiendo por la cuerda-serpiente, el círculo con la cruz, y a la derecha la “guacamaya roja de fuego”, que desciende por ella. Asimismo, se distinguen las franjas horizontales y verticales con los quincunces y los glifos del tiempo; en la cúspide del eje central vemos a la tortuga y esa deidad que seguramente representa a Itzamná, el dios creador maya.


Códice de Madrid, o Tro-cortesiano.

Fig. 26. Códice de Madrid, o Tro-cortesiano.
(Imagen: boloji.com).

Vemos así que el “Batido del Océano de Leche” es una acción del Polo, y en algunos mitos de diversos pueblos se habla que de esa “agitación” en el mar primigenio van emanando todas las constelaciones, estrellas y cuerpos celestes que alumbran el mundo como brotando de ese centro, que es en realidad la morada del Dios creador.

En efecto, según el hinduismo el Polo es la morada de Visnú (ver de nuevo fig. 24), el dios conservador del cosmos y al mismo tiempo el que da a este las leyes e ideas-fuerza arquetípicas que permitirán actualizarlo y ordenarlo, que es lo que indica precisamente el simbolismo de los “tres pasos” de Visnú, que son las “medidas” arquetípicas a través de las cuales los tres mundos se organizan.

Recordamos que René Guénon (en el cap. III de El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos) nos dice que la palabra mâtrâ, o mantrâ significa literalmente medida, pero añade que lo así “medido” son las posibilidades de manifestación inherentes al Espíritu, a Âtmâ.

Es interesante entonces señalar la relación que existe entre esas tres medidas trazadas por los pasos de Visnú, y el mantrâ AUM, compuesto también de tres letras. De este monosílabo sagrado se dice que contiene el sonido o Verbo primordial, que constituye la esencia del Veda, de la que deriva el Dharma, la Filosofía Perenne en su aplicación en el orden cósmico y humano. Por eso mismo existe la Tradición, palabra que contiene los conceptos de recibir y de transmitir la Sabiduría Perenne, y necesariamente en el orden humano esa Tradición se refleja en todas aquellas organizaciones iniciáticas y de verdadero Conocimiento que a lo largo de la Historia han sido las que han organizado la cultura y la civilización en cualquier lugar de la Tierra.

Precisamente el Polo es designado en sánscrito con el nombre de Dhruva, cuya raíz etimológica es la misma de Dharma, según nos recuerda René Guénon, quien en otro lugar (“Dharma”, en Estudios sobre el Hinduismo) nos dice a este propósito:

Se sabe que dharma es derivado de la raíz dhri, que significa portar, soportar, sostener, mantener; se trata pues propiamente de un principio de conservación de los seres, y por lo tanto de estabilidad, al menos mientras ésta es compatible con las condiciones de la manifestación, pues todas las aplicaciones del dharma se relacionan siempre con el mundo manifestado.

Y añade que Dharma es una expresión de Atma, el Principio no manifestado e inmutable. El Dharma refleja entonces esa inmutabilidad

en el orden de la manifestación; no es "dinámico" sino en la medida en que manifestación implica necesariamente "devenir", pero es lo que hace que este "devenir" no sea puro cambio, y lo que mantiene siempre a través del cambio mismo cierta estabilidad relativa (…); efectivamente, es a la idea de "polo" o de "eje" del mundo manifestado a la que conviene referirse si se quiere comprender verdaderamente la noción del dharma: es lo que permanece invariable en el centro de las revoluciones de todas las cosas, y que regula el curso del cambio por cuanto no participa en él.

El Polo, siendo una imagen simbólica del Dharma lo “representa” en el orden sensible. Él nos está señalando, o mejor transmitiendo ya que se trata de un símbolo, la idea de que en el movimiento del devenir existe un lugar que no está sujeto a ese cambio, y no sólo eso sino que mantiene siempre a través de dicho cambio una cierta estabilidad. El dato astronómico nos dice que ese punto del cielo está ocupado por la Estrella Polar que es la prolongación celeste del polo terrestre. Sin embargo, como hemos visto, la Estrella Polar se va desplazando muy lentamente como consecuencia del movimiento precesional, y al cabo de unos miles de años, es otra la que ocupa su lugar. La Estrella Polar de cada momento cíclico puede ser distinta, pero la idea de Polo y por tanto de estabilidad permanece por encima de cualquier “movimiento” precesional. En su obra Julio César, W. Shakespeare pone en boca del estadista romano:

Pero yo soy constante como la Estrella Polar que no tiene parangón en cuanto a estabilidad en el firmamento.

Toda persona tiene su propia Estrella Polar, su eje interior, su dharma, que es la conformidad a su naturaleza esencial, y a cuya consecución se destina la enseñanza iniciática y metafísica, sustentada en el estudio y vivencia de los símbolos de la Cosmogonía Perenne, que articulan todo el proceso de Conocimiento.

Ese lento desplazamiento del eje precesional (fig. 27) es el que va determinando el cambio de era zodiacal, que como sabemos se produce cada 2.160 años. Según los datos de la Ciclología tradicional las “estrellas polares” más importantes –y que son nombradas por numerosas tradiciones– son seis y pertenecen también a las seis constelaciones circumpolares (Osa Menor, Dragón, Hércules, Lira, Cisne y Cefeo), separadas por 60º aproximadamente, abarcando cada una de ellas un ciclo de 4.320 años, esto es, dos eras zodiacales (2.160 x 2).


Las seis estrellas polares principales (la actual Polar, alfa Cefeo, Deneb, Vega, Hércules y Thuban) con sus correspondientes constelaciones.

Fig. 27. Las seis estrellas polares principales (la actual Polar, alfa Cefeo, Deneb,
Vega, Hércules y Thuban) con sus correspondientes constelaciones.
(Imagen: vivireneltiempo.blogspot.com).

Existe aquí una concordancia conscientemente buscada para hacer coincidir los números cíclicos fundamentales derivados de la Precesión de los Equinoccios con cada una de las Estrellas polares más importantes en los diversos períodos cíclicos. En efecto, tengamos que en cuenta que el número 4.320 es un submúltiplo de los 25.920 años de la Precesión de los Equinoccios, y que esto surge precisamente de multiplicarlo por 6 (4.320 x 6 = 25.920). Pero esa concordancia no podría haber sido posible si previamente no hubiera estado señalada ya por las “distancias” o “medidas” entre esas estrellas polares. Es decir que ya preexistía un orden natural que propiciaba dicha concordancia.

Hace 4.320 años la estrella polar era Thuban situada en la constelación del Dragón. Es la época de construcción de las pirámides de Egipto, y en concreto las tres de Guiza (Keops, Kefrén y Micerinos) estaban orientadas a esta Polar, la que los antiguos chinos denominaban el “Gran Gobernante Imperial del Cielo”. En Mesopotamia llevaba el nombre de Nibiru, con el que estaba vinculado el dios Marduk, el cual tenía como símbolo precisamente a una serpiente-dragón (fig. 28).

 
Sello mesopotámico. Nibiru y Marduk.

Fig. 28. Sello mesopotámico. Nibiru, que aparece como

Estrella polar alada, y Marduk con la serpiente-dragón.
(Imagen: darkstar1.co.uk).

No podemos extendernos obviamente en todo esto, pero sí decir que era esta la estrella que comenzaba a reinar en el polo celeste cuando la humanidad entró en el Kali-Yuga, la última edad del Manvántara.

Hace 8.640 años la estrella polar estaba en la constelación de Hércules. Hace 12.960 esta no era otra que la ya mencionada Vega, en la constelación de Lyra. Otros 17.260 años atrás, brillaba la estrella de Deneb de la constelación del Cisne. Hace 21.600 años, se encontraba sobre el polo la estrella Alfirk de la constelación de Cefeo. Y exactamente hace 25.920 años, y tras un giro completo de la precesión equinoccial, la estrella polar era la que actualmente está sobre nuestras cabezas.

Naturalmente han existido otras estrellas polares que podríamos considerar como secundarias o de transición entre las seis más importantes, “transición” que también está relacionada con el paso de un ciclo a otro, con sus correspondientes expresiones en la historia de la humanidad. Pero esto es un tema que desde luego no podemos desarrollar en este momento, tan sólo mencionarlo como un dato más que hay que tener en cuenta para ubicarnos en este complejo sistema de relaciones entre los ciclos cósmicos y los ciclos históricos. En el capítulo siguiente hablaremos de algunas de ellas.15

EL POLO DE LA ECLÍPTICA

Pero en realidad existen dos polos: el que hemos considerado hasta ahora, y el Polo de la eclíptica (fig. 29), o sea ese “lugar” del cielo hacia donde señalaría el eje polar de la Tierra si éste no estuviera inclinado esos 23º, 17’ con respecto al eje de la eclíptica, inclinación que es la que provoca precisamente la Precesión de los Equinoccios, y con ella las cuatro estaciones.


Polo de la Eclíptica en torno al cual gira el movimiento de Precesión.

Fig. 29. Polo de la Eclíptica en torno al cual gira el movimiento de Precesión.
(Imagen: universoalavista.blogspot.com).

Nos dice la Tradición que en la Edad de Oro, es decir en el estado primordial, ese eje no estaba inclinado y por tanto era perpendicular al eje del cielo. El polo de la eclíptica constituye el centro de esa circunferencia en torno a la cual se disponen las distintas Estrellas polares de los diferentes períodos cíclicos. Podríamos decir que estas polares correspondientes a cada momento cíclico son como las proyecciones de ese centro inmutable, como si de éste partieran unos radios invisibles que lo unieran a ellas, conformando así una verdadera rueda celeste, donde ya no sería el Sol su centro, como ocurre con el Zodíaco, sino el Polo de la eclíptica, en el que por cierto no hay ninguna estrella, lo cual no deja de ser significativo pues en verdad estamos ante la imagen (o mejor dicho la no-imagen) del Centro arquetípico, del verdadero símbolo del Polo metafísico, que no está afectado por ningún movimiento y por ello es un símbolo del No-tiempo. Los sacerdotes-astrónomos caldeos, grandes observadores del cielo, consideraban que el verdadero Polo era el de la eclíptica, que ha sido llamado en algunas culturas el “agujero abierto del cielo”, es decir una puerta a lo trascendente y lo supracósmico.

Las seis Estrellas polares más el Polo de la eclíptica conforman un septenario celeste, que también podemos ver en las constelaciones polares como la Osa Mayor y la Osa Menor, y asimismo en una constelación zodiacal como las Pléyades, donde reciben el nombre de las “Siete Hermanas”, o las “Atlántidas” al ser consideradas como las hijas Atlas, en clara alusión a que esta constelación ha sido una referencia para todas aquellas tradiciones herederas de la Atlántida. Se quiere así recalcar el hecho de que en un momento dado del ciclo hubo una transferencia de conocimientos de la Tradición Primordial a otras derivadas de ella. No es por casualidad entonces que la constelación de las Pléyades tuviera siete estrellas e incluso su forma fuera exactamente idéntica a la de la Osa Menor y la Osa Mayor.

Fijémonos en la siguiente imagen (fig. 30) como ese centro polar está rodeado por la constelación del Dragón Celeste, el cual también envuelve con su cuerpo serpenteante a la Osa Menor, y por lo tanto a la actual Estrella Polar. Recordemos que el Dragón Celeste es un símbolo del Verbo divino, del Ser Universal, el que genera el Cosmos a partir de la emanación del Fiat Lux (Hágase la Luz).

Se da también el hecho no menos simbólico de que cada una de las estrellas que componen la constelación del Dragón está en las secciones correspondientes a todas las constelaciones zodiacales.


Las constelaciones zodiacales en torno a la constelación del Dragón y la Osa Menor.

Fig. 30. Las constelaciones zodiacales en torno a la constelación

del Dragón y la Osa Menor. (Extraída de Sefer Yetsirah, de Aryeh Kaplan).

Entonces el Dragón Celeste no sólo es el guardián del Centro sino que su “cuerpo” es la estructura que está en medio del cielo “sosteniendo” a todas esas constelaciones, aunque en realidad es al cielo entero al que sostiene. Como dice el Sefer Yetsirah: “El Dragón está en medio del Universo como un rey en su trono”. El tiempo solar se ha transmutado en tiempo polar.

Todo esto se prestaría a desarrollos muy importantes que no podemos emprender ahora, y que tocan a distintos mitos cosmogónicos y de la geografía sagrada presente en tradiciones como la hindú y la celta (entre otras), de donde procede la saga del rey Arturo y los doce caballeros de la Tabla Redonda, asimilados a las doce constelaciones zodiacales. Sólo decir que el “padre” de Arturo es Uther Pendragon, “Cabeza de Dragón”, aludiendo claramente a la constelación boreal. Uther es etimológicamente idéntico al sánscrito Utara, que designa el norte, la región boreal, y por extensión el norte celeste, el Septentrión, es decir los “siete bueyes” en referencia a la Osa Mayor.

Asimismo es idéntico a “Útero”, con lo cual se está designando a esa misma región boreal como el útero o matriz de donde surgió la primera humanidad, la humanidad primordial. El mito de esta historia ejemplar es muy elocuente: Uther Pendragón, la cabeza y el cuerpo que sostiene el Universo entero, es la Tradición Polar, primordial, la que transmite el Conocimiento a su “hijo” Arturo, que ejemplifica aquí a las tradiciones directamente emanadas de aquella.16

Esa identificación entre el Dharma, la Ley Eterna, y el polo celeste nos da la clave para entender el sentido profundo de la Precesión de los Equinoccios, y por qué ésta ha sido siempre un prototipo que revela la realidad de un tiempo que puede ser calificado de “polar”, es decir un tiempo que se revela a través de un movimiento extremadamente “lentificado” del Sol que da pie a “medidas” temporales inmensas en comparación al tiempo asignado a una vida humana (o a una civilización), y que haciendo una trasposición simbólica podríamos calificar como el tiempo en el que viven los dioses.

Es el “tiempo celeste”, el Gran Tiempo de que hemos hablado anteriormente, y esto explicaría también porqué los propios calendarios, y las medidas de las ciudades y los templos de la Antigüedad estaban basados muchos de ellos en los números cíclicos derivados de la Precesión de los Equinoccios. Las encontramos en ciudades y templos de Mesoamérica, de Egipto (en las medidas interiores de la Gran Pirámide), de Mesopotamia, de la India, del Extremo-Oriente (por ejemplo en los templos de Angkor y Angkor-Vat), en las construcciones megalíticas de toda Europa, y muchas otras civilizaciones ya desaparecidas de todos los continentes. El hombre siempre ha reproducido en la Tierra el modelo de la Ciudad Celeste, y como dice el salmista:

Los Cielos narran la Gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.

Apolo, el Dios Geómetra, que es una deidad solar pero también hiperbórea como hemos recordado anteriormente, nos da a conocer a través de la Precesión de los Equinoccios las medidas y magnitudes de ese Gran Tiempo, que de manera mágica y misteriosa (pues no podemos calificarla de otra manera) nos va sumergiendo en la Tierra sagrada del mito, en la realidad de un estado que no podemos soslayar pues todo lo que acontece en él es “cierto y verdadero”, empezando por la identidad entre lo que siempre ha sido “el País de los Ancestros” y la propia Tradición Primordial. En esa Tierra habita la Memoria de los antepasados espirituales, y donde la comunicación con ellos es una realidad siempre presente. Ahora comprendemos por qué los antiguos mayas elaboraban cómputos temporales de miles e incluso de millones de años, como es el caso de algunas estelas de Quiriguá (Guatemala, fig. 31).


Estela de Quiriguá donde aparecen glifos relacionados con el tiempo indefinido.

Fig. 31. Estela de Quiriguá donde aparecen glifos relacionados

con el tiempo indefinido.

Después de lo que hemos dicho hasta aquí, estamos convencidos de que no lo hicieron por un afán cronológico simplemente cuantitativo, un afán que tampoco ha existido en el hinduismo cuando en sus textos sapienciales nos habla de los años de la vida de un Brahmâ, evaluada en ciclos de tiempo inconmensurables. O en los mismos sacerdotes caldeos cuando mencionan las milenarias dinastías de sus míticos reyes antediluvianos, todos ellos relacionados con el Kalpa y el Manvántara, la Precesión de los Equinoccios, y sus subdivisiones, etc., etc. Para todas esas civilizaciones el Tiempo tenía un carácter eminentemente sagrado, cualitativo, mítico, y su traducción cronológica debía estar revestida también de él.

Por tanto, nosotros pensamos que esto encierra una enseñanza, que es precisamente la que nos revela la Ciclología y la propia Historia, las que en el fondo justifican su razón de ser en tanto que ciencias de la Cosmogonía que en efecto se toman como soportes para aventurarse en la realidad ontológica y metafísica. Como señalamos en la nota 3, los ciclos del Tiempo conforman estados jerarquizados del Ser Universal.

Si el hombre es lo que conoce, es evidente que conocer la naturaleza de los ciclos indefinidos del Tiempo, que mueren y renacen a perpetuidad trayendo siempre consigo la “buena nueva” de la vida como una condición inherente a su Ser, al Ser del Tiempo, ese conocimiento, decimos, nos permite “aspirar” a vivir los estados cada vez más universales que dichos ciclos representan para ir liberándonos, paradójicamente, del propio Tiempo, que a pesar de su indefinitud y su flujo perenne tiene no obstante su límite en aquello que es verdaderamente lo ilimitado e infinito, una realidad que como señala Federico González está en la experiencia de lo que No es, del No Ser, para su posterior maridaje con lo que Es, con el Ser, lo que constituye la Liberación total o “Suprema Identidad”.



NOTAS

11 Hablando de las magnitudes espacio-temporales, damos como un dato curioso pero significativo (digno de ser meditado) que la distancia entre el sistema solar y el centro de la vía Láctea es de unos 26.000 años luz, un número desde luego inabarcable si tuviéramos que traducirlo en kms., pero que guarda una evidente proporción con los 26.000 años de la precesión de los equinoccios. Es decir que la vuelta entera del eje precesional de la tierra es una medida de tiempo que está misteriosamente en relación con la distancia espacial al centro de la Vía Láctea.

12 Laurette Séjourné, El Universo de Quetzalcóatl.

13 Recordaremos, al hilo de esto, que “molino grande” era el nombre que entre los aztecas recibía el sol cuando se ponía por Occidente, y esto formaba parte de las enseñanzas recibidas por los aprendices en el Calmécac, colegios donde se enseñaba la Ciencia Sagrada. Según esta cosmovisión, el sol sería ese mismo “molino polar” pero en relación a su sistema, o sea que sería el reflejo del Polo.

14 A este respecto, la forma helicoidal de la Vía Láctea evoca el sentido del viaje laberíntico iniciático en torno al centro del mismo. A este respecto hemos de decir que muchos textos sapienciales, así como los relatos épicos acerca del viaje de los héroes en busca del centro del mundo, describen en realidad historias paradigmáticas acaecidas en una geografía que es tanto terrestre como celeste. Los ejemplos son muchos pero baste con nombrar la epopeya de Gilgamesh, el héroe mesopotámico, o el viaje por el proceloso mar de las pasiones que llevan a cabo Jasón y los Argonautas para arribar al Jardín de las Hespérides, o las aventuras de Heracles-Hércules, cuyos doce trabajos están vinculados a los 12 signos zodiacales.

15 Una de esas estrellas es Kochab, situada también en la Osa Menor. De hecho fue la Estrella Polar “secundaria” a lo largo de mil años, desde el 1.500 hasta el 500 a.C. en el período de “tránsito” entre Thuban y la actual Polaris. Kochab es el extremo del eje imaginario que partiendo de la Polar va trazando a lo largo del año un círculo en torno a ella, razón por la cual se la denomina “guardiana del polo”.

16 La estrella Arturo es la más brillante del cielo boreal y pertenece a la constelación del Boyero. Arturo significa el “guardián de la Osa”, en referencia a la Osa Mayor y la Osa Menor.



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