TIEMPO SOLAR Y TIEMPO POLAR (cont.)
FRANCISCO ARIZA

Todo esto nos ilustra acerca de determinados módulos cíclicos que guardan una proporción y medida, entre sí y con el propio ser humano,5 y por lo tanto con “su tiempo” (su historia) y “su espacio” (la geografía, donde esa historia se desarrolla) en correspondencia con el cosmos en que vive, es decir con su escala dentro del orden o enmarque universal. Traemos aquí nuevamente la voz de Federico  González, quien en el cap. VII de El Simbolismo de la Rueda nos dice lo siguiente:

Para la tradición hindú, el kalpa es la medida o módulo de tiempo, equiparable en otro orden al módulo espacial del sistema solar. Este kalpa supone todo nuestro mundo, y es donde se da propiamente el estado humano –expresado en los distintos manvántaras por las formas correspondientes a las diferentes posiciones de los planetas y estrellas, y sus correlativas mudanzas en la fisonomía de la Tierra–, que es un estado del Ser universal, signado por el tiempo y el orden sucesivo, que caracterizan precisamente a nuestro mundo y su desarrollo.

Retengamos estas palabras de Federico González acerca de las correspondencias entre estos módulos, el temporal del Kalpa y el espacial del Sistema Solar, pues ya veremos cómo ambos confluyen en el movimiento de la Precesión de los Equinoccios, fenómeno astronómico que podemos considerar como

el operador fundamental del cosmos, en el que los antiguos cifraron el control de la actividad celeste y terrestre.6

Por lo que llevamos dicho hasta aquí podemos deducir que el tiempo, instrumento de los dioses y en sí mismo bendecido por el Intelecto divino, no es únicamente el “marco” que permite el desarrollo ordenado y armónico de la Vida universal, sino también el motor que la impulsa. Dicen a este respecto los Vedas hindúes que

El tiempo es el que todo lo mueve, es el gran progenitor, gran caballo, que lleva el carro de ruedas del universo. Las siete estaciones son sus ruedas. La inmortalidad su eje. Kala, el tiempo, da forma a toda la manifestación. (Atharva Veda XIX, 53).

Se hace evidente que esas “siete estaciones” aluden a los planetas que, como dice Platón en el Timeo (38 b),

han nacido para definir los números del Tiempo y para garantizar su conservación.

Por otro lado, ese “carro de ruedas del universo” se refiere claramente al Sol, simbólicamente descrito en muchas tradiciones como un carro, el “carro solar”, y el hecho de vincularlo con el Gran Tiempo no hace sino subrayar el papel del Sol como numen generador del tiempo y del espacio de su propio sistema, circundado por el anillo de las constelaciones zodiacales contenidas en el cielo de las Estrellas Fijas.

En esos mismos textos védicos se habla del año como el “cuerpo del Sol”, y hemos de recordar que entre los antiguos mayas la palabra kinh significaba por igual sol, día y tiempo, lo que está en conformidad con lo que dice nuevamente Platón en el Timeo (38 C) cuando afirma que es el curso del sol, y no otra cosa, lo que crea el tiempo, es decir que es gracias a ese curso, y sus ritmos, que el tiempo puede ser medido y por lo tanto ordenado para nosotros. Por otro lado, es un hecho señalado por muchas tradiciones que el espacio también es “medido”, y por lo tanto generado, por los “rayos solares”, y es ésta una manera de relacionar el tiempo y el espacio, teniendo en ambos casos al Sol como protagonista principal.

En efecto, es el “movimiento” del “carro solar” recorriendo la línea de la eclíptica el que “mide” el día y por extensión el año y los ciclos más amplios, como las Eras Zodiacales, que en realidad constituyen fragmentos del ciclo mayor de la precesión equinoccial, que tiene también como protagonista al Sol pero de una manera diferente a cuando ese protagonismo se limita a sus relaciones con el ciclo diario y anual. Hablamos del “Sol hiperbóreo”, el que “mide” las pautas rítmicas del tiempo de las civilizaciones en relación con la Estrella Polar que de época en época viene determinada por el movimiento de la Precesión de los Equinoccios.

SIMBOLISMO DE LA PRECESIÓN DE LOS EQUINOCCIOS

Como señalamos en el capítulo II, la Precesión de los Equinoccios es el resultado de un tercer movimiento de la Tierra que en realidad es simultáneo al de rotación sobre sí misma y el de traslación en torno al sol, añadiendo a continuación que dicha precesión se produce por las diferentes atracciones gravitacionales que ejercen el sol, la luna y los planetas sobre la banda del ecuador terrestre. En efecto, esas diferentes atracciones hace que la tierra recule sobre sí misma en sentido contrario al de su rotación normal, lo que motiva que el sol, en su movimiento aparente, se retrase casi un minuto (exactamente 50 segundos) cada año en llegar al punto vernal, o equinoccio de primavera, que es la entrada en el signo de Aries como todos sabemos. El sol recorre entonces precesionalmente o de forma retrógrada, es decir “al revés” del sentido de rotación normal de la tierra, un grado de la circunferencia zodiacal cada 72 años, 30º en 2.160 años (= 30 x 72), y los 360º en 25.920 años (= 2.160 x 12), lo que constituye la Precesión de los Equinoccios, cuya mitad, 12.960, constituye como antes hemos dicho el “Gran Año” (Fig. 5).


Precesión de los Equinoccios

Fig. 5. Gráfico de la Precesión de los Equinoccios con el punto vernal al final
de la Era de Piscis, o sea al final del Kali-yuga o Edad de Hierro (y por tanto
de todo el Manvántara), en la que estamos actualmente.

(Imagen: http://gentequeflorece.blogspot.com/).

Asimismo, como el eje terrestre está inclinado 23º 27' con respecto al eje de la eclíptica, es decir que no es perpendicular al de su órbita, resulta que ese movimiento precesional hace que la tierra gire como si fuera una peonza (es decir basculando), con lo cual si prolongamos ese eje sobre el fondo celeste, observamos que éste traza un círculo completo al finalizar el movimiento de precesión, es decir cada 25.920 años (figs. 6-7).

 

Gráfico de la Precesión de los equinoccios (en francés). Yves Christiaen.

Fig. 6. Gráfico de la Precesión de los Equinoccios
(Imagen del libro La Cosmographie, de Yves Christiaen).


Círculo de la Precesión de los Equinoccios.

Fig. 7. El círculo de la Precesión de los Equinoccios proyectado sobre el hemisferio celeste boreal. La Polaris es el punto del cielo hacia el que se dirige el eje del polo terrestre en la actualidad. (Imagen: astronomynotes.com).

Como veremos más adelante, todo esto es sumamente importante, tanto astronómica como simbólicamente, pues es ese punto de la bóveda del cielo que la prolongación imaginaria del eje terrestre señala, el que constituye nuestro polo celeste, que es distinto al del Polo de la eclíptica (fig. 8), del que más adelante hablaremos.


El círculo de la Precesión de los Equinoccios girando en torno al Polo de la eclíptica.

Fig.  8. El círculo de la Precesión de los Equinoccios girando en torno

al Polo de la eclíptica, al que envuelve a su vez la constelación del Dragón. (Imagen: wikipedia).

 

No es necesario decir que ese mismo movimiento precesional también se produce en el hemisferio celeste austral, pero girando en sentido inverso ya que todo ese movimiento tiene al centro de la Tierra como base y punto de apoyo, si así pudiera decirse (figs. 9-10). Esto último está cargado de diversas lecturas y merecería una explicación más amplia que no podemos abordar ahora, aunque en relación con lo que estamos diciendo, y dentro de nuestro sistema de referencias espaciales, sí añadiremos que ese “punto de apoyo” situado en el centro de la Tierra sería el Nadir de nuestro universo visible, es decir el punto más bajo del mismo, mientras que la Estrella Polar sería su Cénit, su punto más alto.

Precesión de los equinoccios

Fig. 9. Imagen extraída del libro El Molino de Hamlet de Giorgio de Santillana y

Herta von Dechend.


Espiral de la precesión de los equinoccios

Fig. 10 (Ibíd.).

Así pues, aunque en la Precesión de los Equinoccios el Sol, junto con la Tierra naturalmente, sigue siendo protagonista, sin embargo también debemos considerar a la Estrella que un momento dado del ciclo de la precesión constituye el Polo, o Cénit, de nuestro mundo. Se pasaría así de un simbolismo estrictamente solar a un simbolismo polar (donde las referencias y pautas temporales vienen dadas por las constelaciones polares, aunque siempre en correspondencia con las eras y ciclos zodiacales que el Sol va “actualizando” en su lento recorrido precesional), lo cual siendo un fenómeno astronómico también lo es simbólico e iniciático, es decir tiene una lectura “otra”, relacionada con el proceso de Conocimiento.

En este sentido queremos traer de nuevo las palabras de Federico González, que nos hablan precisamente de ese aspecto iniciático que revisten estos fenómenos astronómicos, unas palabras que nos sitúan y nos dan una perspectiva no sólo cosmogónica sino también metafísica desde donde abordar el tema de la Precesión equinoccial:

El ciclo profano se corresponde con el infierno de Dante (para dar una imagen), el Hades, o el Tártaro, el mundo que los Mayas llamaban Xibalbá. Se lo puede superar como un primer peldaño en el viaje de Conocimiento, o la Iniciación; su ciclo es el día, el giro que la tierra da sobre ella misma. El segundo peldaño se asocia con el viaje que el sol hace en el año y es la obtención del Hombre Verdadero, el jardín del Paraíso y el Conocimiento del Ser Universal. La tercera muerte es la experiencia de lo que No es, del No Ser y su posterior maridaje con lo que Es. Este tercer ciclo es polar y se corresponde astrológicamente con la Precesión de los Equinoccios (25.920 años, o 26.000 en números redondos), un ciclo de tiempo indefinido para el ser humano, que sin embargo se dice, puede aspirar a ello. (Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos, entrada Luna).

Teniendo estas palabras como guía, queremos señalar que además de estos tres movimientos de rotación, traslación y de precesión, existe uno más que está especialmente vinculado a este último, pues se superpone a él; nos estamos refiriendo al de nutación (fig. 11).


Movimiento de precesión y nutación.

Fig. 11. Movimiento de precesión y nutación.
(Imagen: andrea-mb95.blogspot.com.es).

Este movimiento viene dado por la atracción gravitatoria que ejerce el Sol y la Luna sobre el eje de los polos de la Tierra, de tal manera que éstos realizan una especie de cabeceo u oscilamiento a lo largo de un ciclo de 18 años y 6 meses aproximadamente, y que si lo graficáramos una vez que ese movimiento ondulatorio hubiese recorrido todo el ciclo precesional de 26.000 años aparecería dibujando una especie de rueda dentada, que también podemos apreciar en esta otra imagen de una cerámica mochica (fig. 12), y no deja de ser significativo que esa rueda dentada este formada por los movimientos ondulatorios de las seis serpientes (el número es significativo por todo lo que hemos dicho acerca de él) que bordean el recipiente.


Cerámica mochica con serpientes cíclicas.

Fig. 12. Cerámica mochica.

Como dijimos en el capítulo I, el movimiento de nutación tiene su interés desde el punto de vista simbólico pues deja entrever la idea de que el ciclo precesional está “engranado” o articulado con el propio ciclo diario y anual, que precisamente sigue el recorrido inverso de éste, lo que evoca el símbolo maya de las dos ruedas calendáricas (ritual y civil) engranadas entre sí (fig. 13).


Engranaje del calendario maya de 260 días (ritual) y el de 360 días (civil).

Fig. 13. Engranaje del calendario maya de 260 días (calendario ritual, izquierda)
y el de 360 días (calendario civil, derecha).

Se da la circunstancia de que, mientras el civil consta de 360 días (según el sistema de los tunes o años de 360 días) el calendario ritual maya, y azteca, consta de 260 días que es un submúltiplo del gran ciclo precesional de 26.000.7

Pero a todos estos movimientos propios de la Tierra es importante para nuestro estudio considerar también el desplazamiento del Sol y todo su Sistema en torno al centro de la Vía Láctea, tardando en ese desplazamiento aproximadamente unos 220 millones de años (un tiempo inconmensurable), lo que se denomina un “año galáctico” y que la Tradición hindú lo explicaría hablando de la duración de uno de los “días y noches” de Brahmâ. Se da la peculiaridad de que en dicho desplazamiento los planetas que orbitan en torno al Sol, que es su centro, y su eje, aparentan moverse en espiral, como si constituyesen un gigantesco vórtice helicoidal (fig. 14).


Movimientos del Sistema Solar en la Galaxia

Fig. 14. Movimientos del Sistema Solar en la Galaxia.
(Imagen: semestreulavirgilio.blogspot.com).

En la cosmogonía de los antiguos aztecas ese vórtice helicoidal está personificado en una de sus deidades principales, Tezcatlipoca, de quien se dice que está

dotado de movimiento en espiral (torbellinos, remolinos y trombas marinas) porque él gobierna el "Torbellino" celestial, la espiral trazada por los planetas a medida que avanzan por la oblicua senda de la eclíptica y giran alrededor del eje polar del ecuador (…) Es la personificación del movimiento universal, y la medida del espacio y del tiempo.8

Volveremos a hablar más adelante de ese “torbellino celestial” en relación con Tezcatlipoca cuando toquemos específicamente la cuestión de la Estrella Polar.

Todo el sistema solar se dirige hacia un punto del cielo situado entre la constelación de Hércules y la brillante estrella Vega a una velocidad de unos 20 kms./s., o sea a 72.000 Kms./hora, número del que hemos de destacar sobre todo la cifra 72, que como hemos visto constituye un módulo temporal relacionado con la Precesión de los Equinoccios. Vega es la estrella alfa de la constelación de la Lira, compuesta de siete estrellas, y cuyo nombre le fue dado precisamente en memoria de la Lira heptacorde de Orfeo, quien la recibió de Apolo, un dios no únicamente solar sino también hiperbóreo, es decir polar. Diremos que ese punto del cielo es el “ápex solar”, es decir el ápice o vértice del cielo, lo que en términos arquitectónicos, y referido a nuestro Sistema Solar, sería la piedra angular de todo su edificio cósmico.

Recordemos en este sentido que Vega fue la estrella polar hace aproximadamente 13.000, es decir una puerta de entrada a otro período de tiempo, pues prácticamente coincide con el fin del cuarto “Gran Año” del Manvántara, el anterior al actual, ya que nos encontramos en su quinto y último “Gran Año”. Ya hemos señalado que un “Gran Año” es exactamente la mitad de la Precesión de los Equinoccios, 12.960 años, o 13.000 en números redondos. Entre los antiguos babilonios la estrella Vega recibió varios nombres, todo ellos muy significativos: “Mensajero de Luz”, “Vida de los Cielos” y “Juicio del Cielo”.9

En su desplazamiento el Sol aparece entonces como un eje en torno al cual giran todos sus planetas y es innegable que todo esto tiene un alto contenido simbólico. El “cuerpo largo” y luminoso del sistema solar navegando por la inmensidad del océano cósmico semeja danzar al compás de una música muy sutil emitida por todos los planetas, como la lira Heptacorde de Orfeo, y que Pitágoras decía “oír” reverberando en su alma. Las siguientes palabras de Simplicio (neoplatónico de la Academia de Atenas) son muy adecuadas al respecto:

Si cualquiera, como Pitágoras, del que se dice que escuchó esta armonía, hubiese sido liberado de su cuerpo terrestre, y el vehículo luminoso y celestial que contiene los sentidos se hubiera visto purificado mediante un don divino, gracias a una vida pura, o por la perfección que conllevan los ritos sagrados, tal ser habría percibido cuanto a los demás es invisible e inaudible.

Es evidente que Simplicio está hablando aquí de que es sólo a través de la transmutación, o nuevo nacimiento en el sentido iniciático, como pueden “apreciarse” esa música sutil, que no sólo reverbera en el éter cósmico sino en el interior de nuestra alma (en el “éter del corazón”), hecha a imagen y semejanza del Alma del Mundo.10

Fijemos nuestra atención en la espiral realizada por la tierra alrededor del Sol, y no perdamos de vista que dicha espiral va atravesando no sólo las constelaciones sino también las distintas “líneas de fuerza” de la Vía Láctea, que aunque se manifiesten en forma de leyes físicas ellas también actúan en otro orden más sutil en lo que respecta al ser humano y al conjunto del mundo terrestre, pues no olvidemos que la Vía Láctea, como el Sistema Solar, como la Tierra y los planetas, es un cuerpo viviente, un todo orgánico, como lo representa aquí (fig. 15) la diosa egipcia Nut, “madre de todos los dioses”, y cuyas partes interactúan entre sí en distintos órdenes, tanto corporal, como anímica y espiritualmente.

En la imagen podemos apreciar la barca solar navegando a través de su cuerpo, y acompañando al Faraón en su viaje de ultratumba. A la izquierda la barca transportando a Thot, Ra y Maat. En el medio de la imagen el cuerpo arqueado de Nut (el cielo), debajo de ella Shu (el espacio intermediario), y tendido Geb (la tierra). A la derecha, de nuevo la barca de Thot, Ra y Maat. Y por último el Faraón descendiendo.


La Diosa Nut como la Vía Láctea.

Fig. 15. La Diosa Nut como la Vía Láctea.
(Imagen: noosferaxxi.blogspot.com).

De ahí que la gran mayoría de culturas tradicionales y arcaicas representaran los astros y constelaciones con nombres extraídos de los distintos reinos de la naturaleza, incluido el humano, y como símbolos de las realidades sutiles. Los animales, los vegetales, las piedras preciosas, todos ellos simbolizaban las energías divinas en acción en el mundo.

Hablando precisamente de los “Cinco Grandes Años” que ya dijimos constituyen los 65.000 del Manvántara (13.000 x 5 = 65.000), y según los datos proporcionados por la doctrina tradicional de los ciclos, muchas veces nos hemos preguntado por qué con cada fin de un Gran Año, y siguiendo un ritmo regular y rítmico, ha habido un cataclismo geológico que afectaba de forma importante a la tierra, hasta el punto de modificar y renovar en mayor o menor medida la configuración de los continentes. En cada fin de un Gran Año, es decir casa 13.000 años, entran en convulsión los distintos planos del universo, lo que está atestiguado también por las tradiciones precolombinas y de otras civilizaciones, que recogen en sus crónicas y mitos esta circunstancia astronómica.

En síntesis, y según los datos tradicionales: el paso del primer “Gran Año” al segundo supuso la dislocación del llamado continente hiperbóreo, que por analogía con los datos de la ciencia moderna se correspondería con la separación del “continente original”; del segundo al “Tercer Gran Año” ese cataclismo provoca la desaparición de un continente oriental que se ha dado en llamar la Lemuria, cuyos vestigios actuales son las cientos de islas que componen la parte del océano Índico y del océano Pacífico comprendidos entre los Trópicos de Cáncer y Capricornio; el paso del tercero al “Cuarto Gran Año” se produjo con la dislocación del continente meridional de Gondwana, la que dio origen a Sudamérica, África, el subcontinente Indio, Madagascar y Australia; y por último tenemos el paso del cuarto al “Quinto Gran Año” (el actual), que se produjo con el hundimiento del continente de la Atlántida y otros fenómenos geológicos y atmosféricos, entre ellos el Diluvio, tal cual se relata en la Biblia y otros textos sagrados de diferentes tradiciones (por ejemplo en la epopeya sumeria del héroe civilizador Gilgamesh), y del que ha quedado constancia en los testimonios de muchos pueblos, y desde luego en Platón, que es nuestra principal referencia al respecto.

Como hemos dicho anteriormente, en su movimiento en espiral en torno al Sol la tierra no sólo atraviesa las constelaciones sino también poderosas “líneas de fuerza de la Vía Láctea”, que en determinadas posiciones de su eje polar actúan de manera muy activa sobre todo el planeta, y desde luego sobre sus habitantes. Nos referimos concretamente al momento en que el eje terrestre, en su movimiento precesional, coincide con el eje que alinea al Sol con el centro de la Vía Láctea, que es el eje Sagitario-Géminis, respectivamente las constelaciones más cercana y lejana a ese centro galáctico, y que en otro tiempo habían sido los “goznes” sobre los que giraba el eje del mundo. Este fenómeno astronómico se produce precisamente cada 13.000 años, es decir con cada fin de un “Gran Año”, o la mitad de la Precesión de los Equinoccios.

Esa alineación con el centro de la Vía Láctea “desata” poderosas radiaciones cósmicas que inevitablemente inciden en el hombre, la Tierra y todo el Sistema Solar, que constituye, junto con el Zodíaco, esos límites espacio-temporales donde se desarrolla la vida y el mundo del hombre.

Dichas radiaciones nos recuerdan las “corrientes cósmicas” que menciona Federico González en su Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos, donde señala que dichas corrientes:

no son sólo las telúricas aunque como éstas surgen de la polarización de dos energías que se confrontan, o se armonizan en la complementariedad de los opuestos. Nos referimos a unas corrientes anteriores a toda generación y que en su discordia y unión producen verdaderas tempestades en todos los ámbitos donde acontecen, es decir en la entera creación invisible o visible, o contrariamente, espacios de estabilidad y paz que hacen que todo el proceso vuelva a recomenzar cuando el agente destructor, o transformador (Shiva) cause nuevos desequilibrios necesarios también para el equilibrio del conjunto.

Las energías de las que estamos hablando están en el meollo mismo de cualquier generación en permanente revolución, lo que provoca la discrepancia sólo atemperada por una paz siempre relativa, ya que este oscuro y misterioso desarrollo que estamos describiendo se produce ad infinitum sin que seamos capaces de percibirlo con claridad. Estas energías destructoras son necesarias y por lo tanto nos equivocaríamos al rechazarlas, o eliminarlas de cuajo como sucede con el mal ya que este no es sólo el contrapunto necesario para la sinfonía cósmica sino que todo este proceso generativo sucede a fin de que “se cumplan las Escrituras”.

Estas energías son muy importantes si nos referimos a la creación del mundo a partir de la nada y lo mismo sucede en el caso del hombre así sea éste un nacimiento natural y orgánico, como el parto de un bebé, o la propia iniciación donde se dice que el neófito es internado o debe ser internado en las profundidades de la tierra –como está dicho en la Divina Comedia–, o sea en el tumulto de la indiferenciación necesario para la definición posterior. Es decir que, en este último caso, las convulsiones propias de un proceso iniciático son desde los comienzos algo tormentoso, que se equivale con algo antinatural como es el nacimiento a un espacio y tiempo distinto al corriente. Lo que es lo mismo que a través de la reyerta se arribe al ámbito de la paz final.

Como vemos, Federico González habla aquí de que la influencia de esas “corrientes cósmicas” se producen en diferentes planos, no sólo en el físico, sino también en el psicológico y el espiritual.



Final

NOTAS

5 El hombre lleva incorporadas en su propio cuerpo esas proporciones armónicas, de ahí que las primeras medidas de longitud (las pulgadas, los pies, los pasos, los codos) se extrajeran del cuerpo humano, considerado un templo-cosmos hecho a imagen y semejanza del macrocosmos.

6 Giorgio de Santillana y Hertha von Dechend: El Molino de Hamlet. Los orígenes del conocimiento humano y su transmisión a través del mito.

7 Ver a este respecto el capítulo XX de El Simbolismo Precolombino, de Federico González.

8 Adrian Snodgrass, “El Cosmos Cruciforme Mesoamericano”, aparecido en la página web América Indígena perteneciente al anillo de Symbolos.

9 Anteriormente señalamos que el “Gran Año” expresa una medida prototípica y que marcaba unos “límites” temporales dentro de los cuales se dan todas las posibilidades de un período histórico de la humanidad comprendido por seis grandes “eras zodiacales” de 2.160 años cada una, es decir la mitad de un período precesional. Entre los sumerios y mesopotámicos el desarrollo de su sistema numérico, sustentado en el número 60 como unidad de base, llegaba hasta la cuarta potencia de dicho número, (60x60x60x60=12.960.000), número que leído en clave cíclica y simbólica debemos relacionar con el “Gran Año” de 12.960.

10 Sobre el sentido alquímico y metafísico de la música ver nuevamente el cap. VII de Simbolismo y Arte de Federico González.



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