TIEMPO SOLAR Y TIEMPO POLAR
FRANCISCO ARIZA

En este capítulo1 tocaremos un aspecto muy importante relacionado con la doctrina de los ciclos cósmicos. Nos referimos a las dos “medidas” de tiempo que, a distintos niveles, influyen decisivamente en la vida de los hombres y de las civilizaciones, “medidas” que derivan de lo que podríamos llamar el “tiempo solar” y el “tiempo polar”, que desde luego tienen un sentido simbólico e iniciático además del astronómico, aunque ambos no se excluyen pues cualquier aspecto de la realidad tiene distintos niveles de lectura, todos los cuales están relacionados entre sí por rigurosas analogías y correspondencias.

Nos proponemos explicar a qué aluden y qué significan esas expresiones de “tiempo polar” y “tiempo solar”, relacionándolas sobre todo con el ciclo y sub-ciclos que se derivan de la Precesión de los Equinoccios, tema del que ya hemos hablado en capítulos anteriores y que está relacionado como sabemos con el simbolismo de las eras zodiacales y el vínculo que éstas tienen con lo que se ha dado en llamar el “polo de evolución de las civilizaciones”, estrechamente vinculado con el sentido de dirección del movimiento precesional. Pero de las "Eras Zodiacales" trataremos más detalladamente en el capítulo siguiente, donde destacaremos el carácter cíclico de la historia y la geografía vinculándolo con las leyes del cosmos y los principios de orden espiritual y metafísico que rigen la existencia del hombre y las civilizaciones.

La Precesión de los Equinoccios es una clave importante de la Cosmogonía Perenne, por lo que deberemos hablar nuevamente, y más en profundidad, de ella como parte constitutiva y principalísima del tema de este libro, y porque las “medidas” temporales que se derivan de ella constituyen los números cíclicos por excelencia. Precisamente, la aparición de las civilizaciones y sus ciclos, así como sus desapariciones, están ligadas de manera intangible pero real a esta ley de la armonía cósmica que constituye en verdad el movimiento de la precesión equinoccial, cuyas pautas rítmicas encuadran el acontecer de la Historia humana.

Pero antes quisiéramos decir que en este capítulo pretendemos desarrollar, y tomar como soporte intelectual, algunas de las ideas que al respecto Federico González Frías plasma en diversos lugares de su obra, especialmente en El Simbolismo de la Rueda, Los Símbolos Precolombinos, Arte y Símbolo y el Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos. El estudio de estos aspectos contenidos en la obra de Federico González nos ha llevado, gracias a esa magia simpática que se produce en este tipo de investigaciones que tienen al Símbolo y sus analogías y correspondencias como protagonistas principales, a ciertos pasajes de la obra de Platón, especialmente del Timeo y a los comentarios al respecto de Proclo, su más destacado hermeneuta. Igualmente hemos hecho memoria de esa parte de la obra de René Guénon que trata de los ciclos cósmicos (sobre todo El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos y también Formas Tradicionales y Ciclos Cósmicos). Y lo mismo podemos decir de Gastón Georgel, un estudioso de la Ciclología tradicional. En fin, también hemos acudido como complemento, y para corroborar varios aspectos de tipo “técnico”, a esa parte de la ciencia actual que, liberada de los prejuicios hacia las culturas antiguas, cada vez se acerca más a los postulados de la Ciencia Sagrada que pertenecieron a todas la Tradiciones de la Tierra, y que aquí reivindicamos.

LA NATURALEZA CÍCLICA Y RÍTMICA DEL TIEMPO

Como todos sabemos, el tiempo, o la sucesión temporal, no se puede medir si ésta no se reduce previamente a espacio, es decir a través del movimiento. No hay otra manera de medir la duración del tiempo si no es conociendo la extensión del espacio recorrido durante esa duración.

Ahora bien, esas “medidas”, y su traducción en números, a través de las cuales el tiempo es contado están todas ellas relacionadas con la división geométrica del círculo, que es por cierto como se ha representado siempre al tiempo: como un círculo o una rueda, símbolos ligados claramente al movimiento. Recordemos, además, que la palabra círculo quiere decir “ciclo” en griego, y efectivamente la naturaleza del tiempo siempre ha sido considerada como cíclica, recurrente, como por otro lado está indicando la palabra período, el cual alude precisamente a cualquier intervalo de tiempo que se tarda en completar un ciclo, tal la órbita de los planetas, etc. Es por el movimiento de los astros, en su relación con los movimientos de la tierra, como se operan todas las grandes revoluciones cíclicas.

Por eso decíamos que los números que “miden” el tiempo están todos ellos relacionados con la división geométrica del círculo, es decir que son números cíclicos, empezando por los 360 grados en que éste se fragmenta, cuyos dígitos si los sumamos por separado dan 9 (3+6+0=9), que es el número circular por excelencia, y no por una simple convención, sino porque cualquier número que se multiplique por 9 (por elegir uno al azar, el 278) siempre se reducirá finalmente a éste (278x9=2502=2+5+0+2=9), o sea que siempre “vuelve” o “retorna” a él mismo. El nueve es el múltiplo de 3 (3x3=9), y su relación con el 6 es también muy evidente, pues la figura geométrica que se relaciona con él, el hexágono o bien la estrella de seis puntas (Estrella de David o Sello de Salomón), divide al círculo en seis partes iguales de 60 grados cada una, de cuya multiplicación resultan los 360 grados del círculo (6x60=360).

La astronomía caldea, por ejemplo, reposaba sobre el sistema sexagesimal (el nuestro es el decimal de base diez), y de ahí se ha derivado nuestra “medición” del tiempo: las 24 horas para el día (2+4=6), los 60 minutos para la hora, y los 60 segundos para el minuto. Asimismo, la partición en 12 segmentos de 30 grados cada uno para los signos del zodíaco también procede de los antiguos mesopotámicos. En efecto, para éstos el sistema de medida de tiempo era llamado “sari”, y tenía al número 60 como base de sus cálculos, es decir que 60 unidades de un orden de magnitud cualquiera conforman una unidad de un orden superior siguiente, cuantitativa y cualitativamente hablando, pues ya veremos que esa progresión numérica llega hasta unos límites que de manera significativa está relacionada con la Precesión de los Equinoccios (ver más adelante la nota 9).

Como hemos señalado todos los números cíclicos tienen la particularidad de que se reducen al nueve, o sea que él constituye una clave simbólica para entender la estructura sutil del tiempo. Esto nos lleva a considerar una cuestión que se nos va a presentar en más de una ocasión, que es la idea de renovación y de regeneración cíclica que está implícita en la etimología de este nombre, el nueve, que es idéntico a nuevo (en francés es aún más evidente pues neuf significa tanto ‘nueve’ como ‘nuevo’). El círculo o la circunferencia del tiempo no se cierra nunca, y más bien sería la sección plana de una espiral de hélice, la cual estaría representada simbólicamente por la serpiente enroscada en torno y a lo largo del Árbol o Eje del Mundo (fig. 1), donde cada una de sus espiras estaría representando un ciclo temporal: desde el ciclo diario hasta los grandes ciclos cósmicos, ya que todos ellos son análogos y se corresponden entre sí. El Árbol o Eje del Mundo simboliza aquí el No-Tiempo, centro inmóvil y “eterno presente” que es el verdadero origen del tiempo cíclico, que gira y evoluciona en torno a dicho eje en movimientos helicoidales.


Bastón de Esculapio

Fig. 1. Bastón de Esculapio.

La idea de espiral continua y no de círculo cerrado para representar la verdadera naturaleza del tiempo cíclico nos la explica Proclo comentando un pasaje del Timeo de Platón:

El Tiempo celebrado como un dios encósmico, siendo inacabable, ilimitado, joven y viejo, en forma de espiral, y que, además de esto, tiene su ser en la Eternidad, permanece siempre el mismo y tiene un poder infinito (…). Él acoge en su seno a los seres que se mueven en círculo y a los que se mueven en línea recta. Tal es, en efecto, la naturaleza de la espiral, y es por ello que el Tiempo es celebrado por los Teúrgos como en forma de espiral.

Estas palabras nos recuerdan las de Federico González cuando habla precisamente del Ser del Tiempo (Simbolismo y Arte, cap. III), y de que éste efectivamente permanece siempre el mismo:

El tiempo no ha sucedido antes ni sucederá después porque siempre está sucediendo, constantemente es ahora, y abarca la totalidad del espacio, donde se expresa de modo continuo como algo sobrenatural cargado de energías constructivas y destructoras representadas por númenes y cifras sagradas según puede observarse en sus calendarios.

En efecto, el Tiempo es un absoluto continuo, un flujo que discurre incesantemente, y para poder comprenderlo y conocer sus “energías constructivas y destructoras” necesitamos estructurarlo en ciclos, inevitablemente ligados a las revoluciones y movimientos de los cuerpos celestes, incluida la Tierra. El tiempo es la energía que mueve la vida, es la vida misma, que ya Heráclito describió como un río cuyo cauce es siempre el mismo aunque sus aguas están en permanente cambio. Por eso no podemos bañarnos dos veces en las mismas aguas, en las aguas del río del tiempo y de la vida. En la Manifestación universal “todo fluye” y el cambio es lo único permanente.

Otra cosa es el origen de esa Manifestación (el Ser Único, simbolizado por el centro del círculo o por el eje en la espiral), como otra cosa es el origen del tiempo, que es la Eternidad, como antes hemos dicho y que no hay que confundir con la perpetuidad, que es en verdad la indefinitud del devenir temporal, lo que es el Kalpa en términos hindúes, o el Eón –o Aevum– y el Saeculum entre los griegos y romanos, al que consideraban una deidad (fig. 2), identificada muchas veces con Kronos. Lo mismo podemos decir de Zervan Akerene, tras cuya bendición Ahura Mazda creó el mundo según un antiguo mito iranio.


Mosaico romano. El dios Eón rodeado por el círculo zodiacal, y Tellus, la Tierra

Fig. 2. Mosaico romano. El dios Eón rodeado por el círculo zodiacal, y Tellus, la Tierra.
Los niños representan a las cuatro estaciones. Musée Glyptothek, Munich.

La eternidad no fluye ni cambia, sino que permanece inmutable, como el inaprehensible presente, que no es ni pasado ni futuro sino que los contiene a ambos en un “instante” sin sucesión temporal alguna.

La “unión” del origen y del fin de un ciclo de manifestación no se produce en el tiempo, o sea está fuera del “círculo de rotación”. Esa unión tiene lugar en el centro o eje del mundo, donde el límite espacio-temporal se encuentra con lo Ilimitado, con lo Infinito, y es absorbido en él. El centro del círculo temporal es el verdadero “paso al límite”, el umbral hacia lo Ilimitado, si se nos permite hablar así.

Como ya expusimos en su momento, la doctrina de los ciclos nos enseña a conocer la naturaleza del tiempo como un elemento fundamental de la Manifestación Universal, pero su fin último es considerarlo como un símbolo de lo atemporal, del “centro del tiempo”, donde según todas las cosmogonías reside inmutable la Deidad (fig. 3).

Cristo, como deidad solar, 
en el centro del Zodíaco, enmarcado por las cuatro estaciones
Fig. 3. La sacralización del tiempo. Cristo, como deidad solar,
en el centro del Zodíaco, enmarcado por las cuatro estaciones. (Imagen: espacoastrologico.org).

Como decía Platón el tiempo cíclico no es otra cosa que la imagen móvil de la Eternidad, es decir que ésta es el Arquetipo del Tiempo, su idea más Universal, por decirlo de alguna manera, aquella en la que es absorbido para ser transmutado en lo verdaderamente atemporal. Lo que sí hay en el tiempo cíclico, y por tanto en la Historia, son acontecimientos semejantes entre sí (aunque no iguales), que los reconocemos precisamente gracias a las leyes de las analogías y las correspondencias.

En todas las culturas antiguas se celebraban los ritos de fin de año como una renovación del tiempo, es decir que éste, al finalizar su ciclo anual, no se cerraba otra vez sobre sí mismo, sino que en él se abría la posibilidad de empezar un nuevo ciclo, un año y un tiempo nuevos. Cada día y cada año es distinto, se renueva a sí mismo, como la serpiente que muda su piel periódicamente, o muerde su cola, tal la serpiente Ouroboros, que también es un símbolo de la rueda zodiacal, segmentada en 12 partes, o signos, de 30 grados cada uno, lo que da el total de 360 grados (12x30=360).

El tiempo-serpiente que al finalizar su ciclo se devora a sí mismo es una imagen simbólica que también podemos apreciar en el solsticio de invierno, cuando el Sol parece hundirse efectivamente en la oscuridad de la noche cósmica al finalizar su ciclo anual, y diríamos efectivamente que ese “Sol”, es decir ese tiempo (pues existe una asociación simbólica y una identidad real entre el sol y el tiempo cíclico como veremos más adelante) “muere” ya que ha detenido su curso (solsticio = el “sol se detiene”) al finalizar su marcha por los 12 meses y sus correspondientes signos zodiacales.

Pero el año solar, o trópico, no tiene 360 días, sino 365, o sea que habría cinco días de diferencia, de ahí que no todos los meses tengan 30 días como los grados de la circunferencia o la rueda zodiacal, por lo que su medición se ha tenido que ir “ajustando” a los compases del ritmo temporal marcado por la Precesión de los Equinoccios y la llamada “nutación” (un componente de la precesión), es decir por las interrelaciones entre la tierra, el sol y la luna, cuyos movimientos “generan” el marco temporal donde se desarrolla la vida de los hombres, movimientos que naturalmente se producen en el espacio y es el resultado de esa interrelación, a la que hay que añadir la del resto de planetas y cuerpos celestes, pues estamos en un sistema, el solar y el zodiacal, que actúa entre sí conjunta y armoniosamente.

Entre los mayas y los aztecas, esos cinco días de diferencia entre su calendario civil de 360 días y el año solar o trópico de 365 eran considerados como “nefastos” y recibían el nombre de nemontemi, los “días baldíos”, abismales, que “se llenan de vacío” (fig. 4). Eran los días en que el mundo se sumergía en el caos y en la oscuridad precósmica, para volver a renacer nuevamente con el fuego del año nuevo. Ritualmente ese caos abismal era integrado en la concepción cosmogónica náhuatl.


Los cinco días nemontemi. Códice Tovar.

Fig. 4. Los cinco días nemontemi. Códice Tovar.

Entre los egipcios, sin embargo, esos cinco días fueron creados por Thot (el dios civilizador e inventor del calendario, o sea el ordenador del tiempo), y se llamaban heru renpet “los que están por encima del año”, es decir los que no están en el tiempo cíclico, por eso también recibían el nombre de mesut necheru “del nacimiento de los dioses”, concretamente de cinco de ellos: Osiris, Isis, Horus, Neftis y Seth.

Volviendo nuevamente a los solsticios, añadiremos que durante ellos el tiempo “no existe”, simbólicamente hablando, y así se vive de forma ritual el regreso al tiempo mítico, atemporal, teogónico, donde nacen los dioses a perpetuidad. Al “detenerse el tiempo” también se detiene la Rueda del Mundo pues él es su impulsor, la que la pone en movimiento. Por eso mismo los solsticios de verano y de invierno, junto a los equinoccios de primavera y de otoño, que unidos entre sí conforman la cruz cósmica espacio-temporal, siempre han desempeñado un papel importante en los ritos de renovación y de regeneración del tiempo en todos los pueblos de la tierra, incluidos naturalmente los ritos de iniciación a lo sagrado.

Entre los precolombinos se “enterraba” ritualmente el “tiempo viejo” cuando finalizaba el ciclo de 52 años (que era un siglo para ellos, coincidiendo con cinco revoluciones completas de las Pléyades), tras lo cual se encendía el “fuego nuevo”,2 simbolizando así la “atadura de los años”,  expresión muy sugerente pues nos da la imagen de que el tiempo continúa existiendo porque su fin se ha enlazado con su principio, pero a otro nivel, grado o estado del Ser Universal. En este sentido leemos en el himno órfico a Kronos:

…poderoso Titán que devora todo y lo engendra de nuevo, tú que mantienes el indestructible vínculo según el orden ilimitado de Eón…

En efecto, esta concepción metafísica del tiempo constituye la esencia misma de su poder regenerador. En el momento en que un ciclo temporal (o una época histórica) se agota y concluye, simultáneamente nace y comienza otro, puesto que su fin coincide siempre con su principio, y siendo este principio esencialmente atemporal (como lo es también su final), el tiempo que se genera a continuación es siempre nuevo, con la plenitud de toda su potencia creadora intacta y renovada.

Por eso cada nuevo ciclo del tiempo reproduce la creación original (recordemos que Saturno-Cronos es el rey de la Edad de Oro), y de esta manera se ha vivido de forma ritual en todas las culturas conocidas. Así sea el ciclo de un año, o de un siglo, o de otros más extensos y que están en relación con los distintos ciclos, de los que la Precesión de los Equinoccios, o mejor su mitad, el “Gran Año” de 12.960, constituye su “medida prototípica”.

El tiempo detenido es el “instante atemporal”, está “fuera del tiempo”, reintegrado en el silencio primordial, hasta que, como afirma de nuevo Federico González en Simbolismo y Arte (cap. VII):

una imagen sonora irrumpa en la oscura y vacía noche de lo no formal, haciendo girar una vez más los ciclos que se reiteran a perpetuidad,

estructurando de nuevo la vida del cosmos y de los hombres.

Esa “imagen sonora” que irrumpe en el seno de la noche precósmica es la vibración del ritmo primordial, que es en realidad una primera polarización de la Unidad, que hace un “hueco” en sí misma para poder reflejarse en su Sabiduría y su Inteligencia, proceso ontológico que está simbolizado por los tres primeros números (la tríada primigenia), constituyendo los principios de todo lo creado, esto es: de la Cosmogonía Perenne. Aunque el tiempo no se puede explicar, como decía San Agustín cuando se le preguntaba por él, sin embargo, y como venimos diciendo, sí se expresa a través del movimiento, y el primer movimiento de todos no es otro que el ritmo. De hecho la Ciclología constituye la ciencia de los ciclos y de los ritmos.

Todo movimiento contiene dentro de sí un ritmo, un impulso vital, que se expande y se contrae, como lo indica perfectamente el ritmo respiratorio y el cardíaco: ambos están íntimamente ligados a la vida tanto humana como cósmica, pues el cosmos, el universo, también respira y expira (se recrea y se destruye perennemente sin solución de continuidad) al ritmo de sus grandes ciclos, y tiene un corazón, el Corazón del mundo, es decir su Ser, cuyos latidos se acompasan al ritmo del batir del corazón humano.

En este sentido, una de las enseñanzas más importantes de la Ciclología (que es una forma de denominar a la Cosmogonía Perenne) es restablecer a través del conocimiento de los ciclos y los ritmos el orden armónico entre el macrocosmos y el microcosmos.

El ritmo es la clave secreta del orden y la armonía entre todos los planos de la creación, y está presente en el recitado de los textos sagrados, en la oración y la invocación de los Nombres Divinos. Ritmo quiere decir cadencia, movimiento mesurado y regular. Esto se puede aplicar no sólo a la danza, a la música y al arte en general, sino también a los movimientos de los astros e igualmente a los de la Historia, con los que están imbricados.

Los ritmos de la Historia, articulados por los números cíclicos, se expresan a través del nacimiento y desarrollo de las culturas y las civilizaciones, y sus leyes son idénticas a las de la Harmonía Mundi, la mayor y más perfecta expresión del Arte del Gran Arquitecto Universal, un arte que los hombres han recogido observando y estudiando los ciclos y ritmos de esa Harmonía, reflejándola en sus calendarios (modelos del cosmos), ya fuesen rituales o civiles como es el caso de los precolombinos, pues ambos está perfectamente interrelacionados (ver más adelante fig. 13).

Esas leyes de la Armonía Universal se conjugan en el Rito, que participa de ellas. Esta palabra tiene la misma raíz de ritmo y por cierto de arte. En efecto, el rito, el gesto ritual (que puede ser tanto exterior como interior), es un ritmo mesurado, una cadencia armónica, cuya reiteración nos indica que se trata de un “movimiento circular” y que actúa a la manera de encuadre donde se expresan todas las posibilidades contenidas en el mismo, pues no olvidemos que el rito es el símbolo o idea-fuerza en acción. El tiempo (en el sentido del kala hindú o Gran Tiempo) es también ese “encuadre” que permite el desarrollo de todas las posibilidades de manifestación.

Proclo nos recuerda que el Tiempo, Kronos, tiene una etimología que lo relaciona con Koreia, “danza circular”. Y asimismo con Kro-nous, el “Intelecto que danza en círculo”, porque, añade Proclo:

El Tiempo, estando a la vez en reposo y danzando –en reposo por una parte de él mismo y danzando por otra– tiene por mitad Intelecto y por otra mitad cosa que danza. (…) Si el Tiempo es ‘Intelecto que danza’, él danza permaneciendo inmóvil, y es por esto que sus giros son infinitos y por lo que ellos vuelven a su punto de partida.

Así, es por el ritmo que ese “instante atemporal”, “inmovilidad” o “reposo” se transforma en un “intervalo continuo”, o en una “progresión discontinua” dicho en términos matemáticos, es decir que el tiempo adquiere una danza, una cadencia, y es esta cadencia la que permite su transcurrir perenne y por tanto su duración. Si el tiempo es la imagen móvil de la Eternidad es porque él está ritmado por el número inteligible, es decir el número en tanto que expresión del Intelecto divino.3

Vemos que tanto en su etimología como en sus propias cualidades intrínsecas el ritmo y el rito se vinculan a su vez con el número, que en griego se denomina aritmo, de ahí aritmética, una de las siete artes y ciencias liberales, precisamente aquella que está relacionada con el sol, como centro y ordenador de todo su sistema o mundo.4

Pero el número es también simetría, y desde luego relación y proporción. Por eso mismo, lo que es ritmo en el tiempo es proporción en el espacio. Y quien dice proporción, dice analogía y correspondencia entre las partes de un todo, que en este caso lo conforman los ciclos de cada una de las culturas y las civilizaciones como antes hemos dicho, pero que, en otra magnitud espacio-temporal, ese todo sería la propia Historia Universal, comprendida a su vez dentro del ciclo del Manvántara, como este está comprendido en el Kalpa, el gran ciclo de ciclos.

Es gracias a la progresión ritmada del tiempo que las formas nacen y se desarrollan siguiendo un ritmo que espacialmente adquiere la forma de espiral en sus distintas expresiones y “proporciones áureas”, como es fácil comprobar en multitud de manifestaciones del arte sagrado y de la propia naturaleza, desde las formas de muchas galaxias hasta el ADN, la caracola, los vegetales, etc. Es innegable que la espiral también está asociada con el sonido y su recepción, es decir con el Verbo.

Por eso puede hablarse de la Historia, que es “la ciencia del tiempo”, como si se tratara de una morfología, de un organismo vivo que se desarrolla con las constantes armónicas de un ritmo determinado y bajo la influencia de los arquetipos celestes, simbolizados por los planetas, las constelaciones y signos zodiacales. Los cuerpos donde toma forma ese organismo son las culturas y las civilizaciones, cada una de las cuales expresa a su manera y a escala del hombre un mismo modelo universal, que es el Cosmos en su constante recreación. En esta misma proporción es obvio que las células de ese cuerpo somos los seres humanos, que para estar “acordes” con ese gran cuerpo de la Harmonia Mundi hemos de tomar conciencia de que formamos parte de una Tradición cultural que tiene raíces sagradas, y a través de ella poder participar de las Ideas y los Arquetipos eternos.



Continuación

NOTAS

1 Este artículo constituye el capítulo V de un libro de Francisco Ariza dedicado a los ciclos cósmicos en relación con la historia y la geografía, de próxima aparición.

2 Los palos con que se encendía el “fuego nuevo” se denominaban mamalhuaztli, en referencia a las tres estrellas de la cabeza de Tauro, constelación en la que se encuentran precisamente las Pléyades.

3 Sería muy interesante investigar con más amplitud la relación de las tres tríadas de divinidades superiores de Proclo y la naturaleza “novenaria” y circular (cíclica) del Tiempo, como si éste tuviera su arquetipo precisamente en esas tres tríadas supremas que conforman nueve entidades divinas como “partes” constitutivas del Dios Único, que sin embargo es “sin partes”. Dionisio Areopagita habla de esas tríadas como las jerarquías celestes más altas: los Serafines, los Querubines y los Tronos, que “danzan en círculo” alrededor del Punto luminoso de la Esencia. De estas tres tríadas emanan otras tantas en el mundo inmediatamente inferior, que es el Cielo de las estrellas fijas; y de éste al siguiente, el mundo planetario y sublunar. Es como si el Tiempo, con sus ciclos indefinidos, y desde los más pequeños hasta los más grandes, fuera realmente el mensajero, o el vehículo, que trae al Mundo todas esas energías en los distintos planos de su manifestación. Tal vez  a esto se refiere Federico González cuando habla del Tiempo como una expresión del Amor divino. (Ver más adelante la fig. 23).

4 En Las Veladas de San Petersburgo (tomo II) José de Maistre, hablando precisamente del número, nos dice lo siguiente: “Dios nos ha dado el número, y se nos manifiesta por el número, así como por el número se acredita el hombre a su semejante. Quitad el número, y quitareis al mismo tiempo las artes, las ciencias, la palabra, y por consiguiente la inteligencia. Volvedle, y aparecerán con él sus dos hijas celestiales, la armonía y la hermosura: el grito se convertirá en canto, el estrépito en música, el salto en baile, la fuerza en dinámica, y los rasgos o facciones en figuras”.


No impresos
Home Page